Museo Nacional de Arte

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2018-10-24

El “alma nacional”. Saturnino Herrán, del simbolismo internacional al nacionalismo modernista

Texto curatorial de Víctor Rodríguez Rangel

Una de las más interesantes modalidades del arte de Herrán es el amor a México,

al México popular y típico, y al México legendario, colonial y prehispánico.

Concurrían en él las condiciones necesarias para ser el pintor mexicano por excelencia.

La provincia le daba su tradicionalismo monástico, tan austero como en tiempos del Virreinato,

vivo en las costumbres maternas. Caldeaba su sangre el fuego hispano […]. Pero

la tristeza india pesaba sobre él con la fuerza de la fatalidad, como un veneno infalible

diluido en la linfa de sus venas.

 

Manuel Toussaint [1]                                                                                                                    

 

 

 

La búsqueda del “alma nacional”, en el ocaso del prolongado gobierno del general Porfirio Díaz, gravitó entre el protagonismo intelectual de la denominada generación  revolucionaria o del Ateneo de la juventud y la búsqueda colectiva de los distintivos del nacionalismo cultural; esta exploración icónica significó el reconocimiento y la valoración de los signos visuales de la patria mestiza. [2] La tendencia literaria, plástica y gráfica nacional modernista en el primer cuarto del siglo XX, con Saturnino Herrán y Ramón López Velarde como sus más célebres representantes, tuvo décadas atrás antecedentes en diversos países. En la plenitud del XIX surge una coyuntura entre las ideas que derivaron en la construcción política de los estados modernos y los postulados del romanticismo que, como tendencia filosófica, artística y literaria, posicionó diversos arquetipos del folklore de los pueblos como elementos identitarios dentro de la pluralidad cultural de cada nación, en contraste con los patrones culturales hegemónicos de vigencia internacional. [3]

La República Restaurada en México, es decir el periodo que va de la caída del segundo imperio en 1867 a la primera presidencia de Díaz, coincidió con el paso de la Academia de San Carlos a la tutela de la nueva Secretaria de Fomento e Instrucción Pública. La consolidación política del republicanismo liberal y su nueva ley orgánica para la instrucción pública condujo a que la Academia, entonces designada Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), fomentara un imaginario de la “historia patria” postulado por la facción política triunfadora. Se configuró un repertorio visual emblemático que hizo eco de lo que la estampación litográfica y la literatura romántica y costumbrista habían estado posicionando: Paisajes del terruño, escenas tradicionales de sabor típico y popular, representaciones idealizadas de los variopintos pobladores del campo y la ciudad y vistas de rústicas villas con sus legados arquitectónicos barrocos. A todo ello se sumó un imaginario fantástico de un épico pasado prehispánico, glorioso y sólo perturbado por la “sangrienta” conquista española, posicionada por la historia oficial subjetiva como la villana del pasado. Para finales del siglo XIX, los artistas mexicanos de vanguardia intentaron superar este imaginario.

 

 Saturnino Herrán en el Museo Nacional de Arte     

                                                                                               

El ímpetu que llevó a la configuración de un “alma nacional” como tendencia cultural durante el atardecer del régimen del general Porfirio Díaz, renació dentro del movimiento modernista, una corriente que se había declarado ajena al romanticismo nacionalista y que miraba hacia lo cosmopolita “burgués”. El decadentismo fue una de sus características, proclamaba el declive de la civilización; exploraba entre sus temas la muerte, lo patético, lo delirante, los paisajes sombríos y lo metafísico. Fue crítico del progreso positivista, de los beneficios de la ciencia, de la industrialización mecanizada y de las trampas de La Belle Époque en el fin de siècle XIX. Fue, además, un movimiento escapista de todo asunto político en las décadas de la “mano dura” del porfiriato. [4] El retorno a la subjetiva mirada interior del México profundo y vernáculo contó con el aguascalentense Saturnino Herrán Guinchard (1887 – 1918) como su más genuino, prolífico y talentoso paladín. Este dibujante y pintor construyó un imaginario fértil a través de una versátil gama de géneros, los cuales orbitaron dentro de un sistema de tendencias internacionales como el impresionismo, el decadentismo, el esteticismo, el simbolismo, la influencia japonesa, el Art nouveau y el modernismo español.

 

El crisol de movimientos de toda índole durante este periodo quedó concentrado para el caso mexicano en el denominado modernismo hispanoamericano, mismo que no puede ser entendido en su totalidad sin las contribuciones de Saturnino Herrán. [5] En esta materia, cabe destacar los aportes que para Herrán significaron las lecciones con sus profesores Antonio Fabrés, Mateo Herrera, Julio Ruelas y Germán Gedovius, promotores de la renovación académica modernista que en 1903 transformó la enseñanza respecto de los anquilosados cánones decimonónicos que imperaban en la Escuela Nacional de Bellas Artes. [6] En 1904, el escritor y crítico de arte José Juan Tablada ya advertía las cualidades de Herrán  como “una gran esperanza, sus adelantos son rápidos y admirables; honran a su maestro [Fabrés] y a sus propias facultades. Es muy joven [17 años] y tiene un vasto porvenir. [7]

 

El apego a las vertientes artísticas y del pensamiento mencionadas unas líneas atrás llevaron a Herrán por la senda estilística vanguardista, hasta posicionarse en la búsqueda de una genuina temática local, un modernismo nacionalista nutrido del simbolismo internacional.  Por su parte, la exploración del genio de Aguascalientes de la vena indigenista provino tanto de su acercamiento a estos pueblos, como del conocimiento de las llamadas “antigüedades mexicanas”. Este dominio plástico de los vestigios prehispánicos proviene de su participación como ilustrador en el departamento de Monumentos Arqueológicos en el Museo Nacional desde 1907, con Leopoldo Batres al frente. [8] La estafeta en los terrenos de la arqueología mexicana pasó de Batres a Manuel Gamio en el declive del porfiriato. Gamio, desde el enfoque de la antropología culturalista, no sólo estimuló a Herrán, sino a toda su generación de nóveles promesas a incorporar al indígena, “la raza dormida”, a la simbología nacional, motivando ello desde publicaciones como Forjando patria. 

Por todos los canales sensitivos de Herrán corría el espíritu cosmopolita del modernismo, mismo que el artista tradujo con temáticas locales intensamente emocionales y que, a flor de piel, manifestaban una sensibilidad que ahondaba en las fuerzas existenciales de una nación que buscaba su esencia. Al tiempo, de Herrán brotaba la personalidad de un artista físicamente vulnerable y melancólico.

El Modernismo es, además, en el tiempo, una prolongación de otra manera de vivir y de morir anterior que llamamos [el citado] Romanticismo. De uno a otro se conservan, por ejemplo, la pasión por la libertad y la soledad, el gusto por lo lúgubre, la afición por el pasado y los lugares exóticos, la veneración por los rebeldes y los marginados, la curiosidad y el orgullo por lo autóctono -el paisaje, los próceres, las culturas prehispánicas-, la debilidad por lo nocturno, lo ambiguo, lo vagaroso, la fascinación rendida ante la mujer que, a menudo, es sobre todo la encarnación del misterio y despierta al mismo tiempo el deseo y el horror. [9]

 

El “mexicanismo de Herrán”, como lo definió Manuel Toussaint, [10] estaba asociado estrechamente al concepto de “alma nacional” que empezó a perfilarse desde las letras, con connotadas plumas literarias como las de Federico Gamboa (1864 -1939), José Juan Tablada (1871 -1945) y Ramón López Velarde (1888 – 1921). [11]

Así, por ejemplo, Federico Gamboa formuló todo un programa regeneracionista del arte mexicano en su novela Reconquista. Tomando de portavoz al protagonista de este libro (el ficticio pintor de simbólico nombre, Salvador Arteaga), Gamboa instaba a los jóvenes artistas a renovar la expresión plástica nacional mediante el escrutinio tenaz de los más reveladores aspectos de la arquitectura y el paisaje, las costumbres y los tipos (en especial, los populares) de la ciudad de México, crisol y cifra de la historia patria, procurando penetrar en su esencia recóndita, a fin de capturar y revelar el “alma nacional”. [12]

 

            Sin duda fueron los artistas jóvenes en la ENBA bajo la tutela de Fabrés, quienes respondieron a este llamado, incluso los primeros pensionados en Europa, como Ángel Zárraga de quien, sobre una esporádica visita a México en 1907, Tablada señaló:

adora su patria, los primeros días de su llegada a México los pasa visitando templos, esas arquitecturas que además de las sacras imágenes que encierran, guardan otra cosa divina: el propio sentimiento del alma nacional, la expresión visible de nuestra especial manera de sentir. Este hálito divino lo encuentra Zárraga en todas partes, en los objetos de arte popular, más interesantes, más elaborados y refinados que los de cualquier otro arte, de cualquier otro pueblo. [13]

A Gamboa, Tablada, Velarde, Gamio y Toussaint, entre otros, les continuaron Alfonso Reyes y José Vasconcelos. Este último agregaría, en los optimistas años de regeneración postrevolucionaria, la concepción de una supuesta “raza cósmica” (o raza de bronce), que mostraba el anhelo del despertar y la creencia en una supremacía de la línea racial indoamericana dormida desde la Conquista. Sus ideas se basaban en la certeza de que la cultura mesoamericana precolombina está al nivel de las más importantes del mundo, por lo que obligadamente debía de ser un factor fundamental del nacionalismo mexicano, luego de los sangrientos logros de una década de movilización social revolucionaria.

El correlato de la literatura, la poesía y la música fue la plástica, que recogió a través de sus motivos pictóricos guiños de las artes populares, los usos y costumbres, los escenarios rústicos y de la campiña mexicana, así como los tipos nacionales. Para ello fueron fundamentales los aportes de artistas como Germán Gedovius, Ángel Zárraga, Diego Rivera, Alfredo Ramos Martínez, Alberto Garduño, Roberto Montenegro, Francisco de la Torre, Gerardo Murillo “Dr. Atl”, Armando García Núñez, Francisco Romano Guillemín, Francisco Goitia, David Alfaro Siqueiros y Rosario Cabrera, entre otros. Estos celebres representantes, pendientes del panorama cultural tanto de México como de Europa, hicieron propias expresiones artísticas de lo más adelantado del “arte culto”, incluida la renovación académica del viejo continente entre los siglos XIX y XX. Su manera de hacerlo fue aterrizar los recursos estéticos de esas corrientes extranjeras en el escenario mexicano, desarrollando con ello una nueva identidad del terruño y sus especificidades culturales.

 

            Sin haber estado en el Viejo Continente, pues Herrán rechazó en 1910 la posibilidad de una pensión que en su momento se le ofreció para continuar sus estudios en Europa, el pintor conoció la obra de los artistas europeos localizada en la ciudad de México. Además, se valió de su vasta biblioteca, de artículos de revistas como El mundo Ilustrado o Revista de Revistas y, en general, de su cultura universal. La obra que produjo la generación de sus condiscípulos académicos que lograron viajar al otro lado del Atlántico fue también clave en su desarrollo; pudo ver sus piezas en exposiciones como las organizadas por la revista Savia moderna, en mayo de 1906, la muestra de los artistas mexicanos pensionados en Europa que tuvo lugar en la ENBA entre noviembre y diciembre, 1906. También en la muestra colectiva de artistas mexicanos –Sociedad de Pintores y Escultores— organizada por Gerardo Murillo “Dr. Atl” para las fiestas del Centenario de la Independencia en 1910 en la ENBA. [14]

Esta exhibición del Centenario se convirtió en la más importante vitrina del modernismo mexicano de su tiempo, exposición destinada a contrarrestar la preferencia del régimen porfirista por la pintura española. Desde el 9 de septiembre de 1910 la pintura ibérica tuvo como escaparate La Exposición de Arte Español en un Pabellón recién montado -en la actual esquina de avenida Juárez y Balderas-, con siete amplios salones plagados de objetos de toda índole, esculturas y pinturas. [15] Saturnino Herrán visitó el pabellón español y pudo admirar nuevamente obras, en la última galería y salón principal, de los “modernos” pintores ibéricos que evidentemente marcaron su producción; éste es el caso de Ignacio Zuloaga, Eduardo Chicharro, Santiago Rusiñol, Joaquín Sorolla, Gonzalo Bilbao y José Villegas y Cordero. [16]

 

Saturnino Herrán en el Museo Nacional de Arte

 

Fue de esta manera que Herrán, desde el modernismo interoceánico, plasmó como ninguno en su momento una iconografía sugestiva de indígenas, campesinos, obreros, orfebres y ancianos menesterosos: el icónico mexicanismo e indigenismo modernista. Se sirvió para ello de una gran variedad de técnicas, dibujos, acuarelas, óleos, tintas y lápices de colores.

La vida cotidiana, con sus apariencias, labores, hábitos y costumbres fueron modelos de inspiración de Herrán; de ahí dio paso a la representación de una serie de sujetos reales que funcionaron para alegorizar arquetipos de la identidad mexicana sincrética: con cuerpos estilizados, místicos, andróginos y erotizados. Plasmó también temas ligados al devenir de la vida, “las tres edades”, la presencia constate de la muerte como destino final de la existencia, tétricos recordatorios del destino final de cualquier persona, sin distinción de condición u origen racial. [17]  La fragilidad de la vida, que tanto destacó en su producción plástica, fue vivida en carne propia, el mexicano padeció una debilidad de salud que se hizo crónica a partir de 1915, un problema gástrico agudo lo acosó hasta final de su corta existencia. Sufrió dos operaciones y murió de un cáncer de esófago mal diagnosticado el 8 de octubre de 1918. [18]

 

El esplendor artístico que siempre caracterizó a Herrán no declinó debido a su salud, se mantuvo en una fase de plenitud bien definida y original, honesta y sin un sesgo de ser pretenciosa, desde su ingresó a la ENBA en 1904, como un adolescente, hasta su muerte prematura, una tragedia nacional, en 1918; sólo trascurrieron catorce años, muy pocos considerando la vida productiva de cualquier otro célebre artista. [19] Nos obstante lo trunco de su existencia, el arte de Saturnino, que despegó entre el otoño del Porfiriato y abarcó casi por completo la década de la Revolución mexicana y se movió en un dinámico contexto cultural que lo llevó a generar perceptibles variantes conceptuales en su obra y que han permitido la taxonomía del esquema curatorial de la presente exposición:

Los cinco núcleos que componen el esquema curatorial de la exposición son: “La formación con Fabrés y Gedovius en la ENBA, 1904 – 1910”, “Realismo social y simbolismo: el indio desdeñado del progreso”, “Vanguardia internacional”, “Influencia del modernismo español” y “Cuerpo místico y tipología decorativas del 'Alma nacional”. Ejes temáticos que concentran 86 piezas del contexto: dibujos, pinturas, ilustraciones, impresos y fotografías, de las cuales 49 obras corresponden al genio hidrocálido elevado desde diciembre de 1988 a la categoría de Monumento Histórico y Artístico de México.

 

Vista de sala de 'Saturnino Herrán y otros modernistas' en el MUNAL

 

La muerte que enlutó el medio cultural

Un evento profundamente doloroso para los círculos artísticos e intelectuales -y aún para otras esferas sociales- de la nación, fue la muerte de Saturnino Herrán: por la dimensión del artista y la inesperada llegada de la tragedia tomando en cuenta su juventud; tenía treinta y un años. Los medios gráficos levantaron la nota de este doloroso duelo, como la Revista de Revistas que, en “Notas de la Semana”, anunciaba:

En un sanatorio particular situado en la colonia Santa María la Ribera, falleció la noche del martes 8 del actual [octubre] el notable pintor mexicano Saturnino Herrán. La prematura muerte de este joven y prestigiado artista ha privado al arte patrio de una de sus esperanzas de gloria más legitima. Una penosa y larga afección estomacal causó la muerte de Herrán, era el extinto originario de Aguascalientes.

Su carrera artística fue una serie ininterrumpida de triunfos desde su arribo a esta metrópoli. Discípulo de Fabrés, se distinguió su producción artística por un fuerte y gallardo espíritu de nacionalismo. Entre todos sus coetáneos sobresalió como dibujante de técnica admirable, con marcadas tendencias al naturalismo […]. Era Herrán, cosa rara entre nuestros artistas, de una amplia cultura literaria. Deja al desaparecer un vacío difícil de llenar en nuestro medio estético. [20]

 

La sensible pérdida de Herrán, como lo indica el artículo, fue un hecho lamentable que dejó fuera de la escena de la construcción icónica de un “alma nacional” a su más importante protagonista. No obstante, la dimensión de esta “alma nacional” fue tan abstracta como la propia subjetividad poética con la que el arte se acerca a la representación de la vida cotidiana y la utilización de sujetos reales para alegorizar conceptos de toda índole. Como la historiadora Guadalupe Jiménez Codinach acertadamente lo revela:

 

Poco a poco se fue dibujando la llamada “alma nacional”, aunque ésta no fuese una realidad uniforme, sino más bien una diversidad de almas, de manifestaciones de una cultura popular cada vez más difundida a través de la literatura, la prensa o el arte; un alma consistente en lenguajes regionales, creencias religiosas, refranes, recetas de cocina, canciones y bailes, indumentaria, tradiciones y costumbres que se fueron arraigando en el pueblo. [21]

 

La dinámica vida y obra de Herrán tuvo consecuencias inmediatas a su muerte, debido a ello el domingo 24 de noviembre de aquel año de 1918, en el patio principal del Jockey Club de México (Palacio de los Azulejos), tuvo lugar una improvisada exposición póstuma; un verdadero homenaje nacional auspiciado por la Universidad Nacional, diseñado por los arquitectos Federico Mariscal, Carlos Lazo y el pintor Alberto Garduño. La muestra estuvo conformada por una selección de dibujos y lienzos importantes no vistos hasta entonces en conjunto en ninguna muestra en vida del artista. Destacó, durante la clausura de la muestra el 18 de diciembre, la visita del presidente Venustiano Carranza, además de una magnifica conferencia dictada por el arquitecto Federico Mariscal, mismo “que agració a Herrán con el doble calificativo de El más mexicano de los pintores y el más pintor de los mexicanos.” [22]

Al cumplirse el primer año de la muerte de Herrán, una velada literaria y musical en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria convocó a familiares y amigos: artistas, poetas e intelectuales, entre ellos Ramón López Velarde, quien declamó su ensayo Oración fúnebre, un tanto trunco por el afligido quiebre de voz del desconsolado zacatecano. [23]

 

 

 


[1] Manuel Toussaint, “El mexicanismo de Saturnino Herrán”, en Saturnino Herrán y su obra, México, Ediciones México Moderno, 1920, pp. 12-13.

[2] Véase “Modernización y eclecticismo cultural durante el porfiriato” y “Patria, revolución e identidad”, en Imágenes de la patria, (Enrique Florescano curador y coordinador), México, MUNE/MUNAL, 2010, pp. 98-185.

[3] El romanticismo, como corriente de renovación artística, se manifestaba contra el racionalismo -debilidad de la razón y la fuerza de la pasión. Los fundamentos estéticos del romanticismo hay que buscarlos en el repudio de las normas clásicas, así como a la exaltación de la historia, leyendas y folklor de los pueblos, elementos que, asociados a imágenes sugestivas, alimentaban los sentimientos patrióticos de las nuevas naciones, al ser reconocidos como parte de una diversidad territorial peculiar. Véase Hugh Honour, El Romanticismo, 2 ed., Madrid, Alianza, 1992.

[4] Véase Miguel Ángel Castro Medina, “El barrio, una duquesa y la ilusión de París (1884-1896). El realismo y el modernismo”, en Estudios Mexicanos, siglo XIX, t. III, México, CEPE/UNAM, 2010, pp. 349 – 375.

[5] Modernismo, “un término acuñado para designar el movimiento de renovación de las letras hispanoamericanas en las dos últimas décadas del siglo XIX y los dos decenios iniciales del XX, es aplicable al desarrollo análogo que tuvo lugar en la cultura visual del México finisecular. También se ha utilizado, en años recientes, la noción de Simbolismo para caracterizar el arte de aquel periodo. Más allá de estas cuestiones semánticas, no hay duda de que la escultura, la pintura y la gráfica del fin de siglo mexicano, en interlocución directa con una renovación vanguardista en el ámbito internacional, rompió con las convenciones y limitantes expresivas de las tradiciones decimonónicas para lanzarse de lleno en una experimentación formal e iconográfica, inédita en el medio local. Con el modernismo, el arte mexicano se apropia de las premisas estéticas que orientarán en buena medida la producción del siglo XX”. Fausto Ramírez, sinopsis, en Modernización y modernismo…, op.cit.

[6] “La imagen de la Academia eran las exposiciones y éstas parecían haber perdido su regularidad. En 1904 se organizó otra de los discípulos de Fabrés, en la que se trataba de exponer los resultados del método aplicado por el maestro catalán. Lo sorpresivo está en que los concursantes, entonces alumnos principales, constituían una generación destinada a enterrar el academicismo. Antonio Gómez obtuvo el primer premio, Diego Rivera el segundo con varios paisajes, y los siguientes premios quedaron Saturnino Herrán, Francisco de la Torre, Alberto y Antonio Garduño. El mismo José Juan Tablada, en su reseña crítica, creyó advertir un cambio y una transformación en el marasmo en que vivía la escuela”. Eduardo Báez Macías, “El modernismo y el cambio de siglo”, en Historia de la Escuela Nacional de Bellas Artes (Antigua Academia de San Carlos), 1781-1910), México, ENAP/UNAM, 2009, p. 2008.

[7] José Juan Tablada, “El salón de alumnos en Bellas Artes”, Revista moderna de México, diciembre de 1904, en Xavier Moyssén , La crítica de arte en México 1896-1921,  t. I, México, IIE/UNAM, 1999, 181.

[8] Destaca su participación en los registros arqueológicos, de la copia de algunos de los frescos de Teotihuacan, particularmente de los murales de la agricultura. Véase Felipe Garrido, Saturnino Herrán acompañado por textos de Ramón López Velarde, México, Fondo Editorial de la Plástica Mexicana, 1988. P. 13.

[9] Felipe Garrido, “Los poetas modernistas y Saturnino Herrán”, en Saturnino Herrán, jornadas de homenaje, México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1989, p. 33.

[10] Manuel Toussaint, Saturnino Herrán, op. cit.

[11] Con conceptos como “La intimidad patria”, “Novedad de la patria” o la famosa “Suave patria” de la poética nacionalista de Ramón López Velarde, a lo que Federico Gamboa prefirió llamar “el alma nacional”.

[12] El concepto de “alma nacional” como lo apunta el investigador Fausto Ramírez, proviene de una célebre conferencia dictada por Ernest Renan en La Sorbona, en 1882, ¿Qué es una nación? Allí afirmó: “Hay en la nacionalidad una parte de sentimiento. Es a la par alma y cuerpo”. Y precisó: “Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas que, en verdad, tan sólo hacen una, constituyen esta alma, este principio espiritual. La una está en el pasado, la otra en el presente. La una es la posición en común de rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de seguir haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa”. La noción del “alma nacional” se divulgó ampliamente en México y se convirtió en moneda corriente entre los intelectuales y hombres de letras del fin del siglo. Fausto Ramírez, Modernización y modernismo…,op. cit.  p, 50. Todos estos preceptos de alma, espíritu y sentimiento, a todas luces desafían la doctrina cientificista del Positivismo, en boga como pensamiento oficialista en occidente.

[13] José Juan Tablada, en Fausto Ramírez, “Una manola”, “De jardines y viajeros, magos y manolas: Un ramillete modernista para el Museo Nacional de Arte”, en Cimientos, 65 años del INBA. Legados, donaciones y adquisiciones, México, Museo del Palacio de Bellas Artes/INBA, 2011, P. 88.

[14] En la denominada Exposición Mexicana, “Saturnino Herrán presenta un gran cuadro de aliento y de estudio: La Leyenda de los Volcanes. La princesa india está enamorada del príncipe enemigo: el padre de la doncella transforma a ésta en La mujer Blanca, y el afligido amante roba el secreto del brujo y, para acompañar eternamente a quien ama, se convierte a su vez en el volcán que yace perpetuamente junto á la amada. La potencia decorativa de Herrán es grande; su paleta es rica, abundante la verba del color, y bien sentida la agrupación de las figuras.” Genaro García, “Exposición Mexicana”, en Crónica oficial de las fiestas del primer centenario de la Independencia de México, México, Secretaría de Gobernación/Talleres del Museo Nacional, 1911, pp. 250 – 252.

[15] “Las fiestas del centenario de la Independencia mexicana en 1910 fueron el fiel retrato de este periodo de crecimiento material inequitativo, aunado a un atraso democrático que auguraba un próximo estallido social. En medio de los preparativos, casi nadie imaginaba cuán cerca se encontraba un movimiento revolucionario que trastocaría no sólo al régimen de gobierno sino a la esencia misma de la sociedad mexicana”. Guadalupe Jiménez Codinach, “Tiempo de contrastes”, en El Alma de México, México, CONACULTA, 2003, p. 340.

[16] Genaro García, “Exposición Española”, en op. cit., pp. 240 – 247.

[17] Véase Hadya Miriam Rivera Hernández, Las edades del ser humano como analogías de la transformación social revolucionaria, en la obra de “La ofrenda” de Saturnino Herrán. México, tesis de especialización en historia del arte, IIE/UNAM, 2015.

[18] En palabras de Saturnino Herrán Gudiño, nieto del pintor. “Saturnino Herrán”, Canal Once, programa publicado el 28 de septiembre de 2015, en YouTube: https://youtu.be/wOrLRIuoEp0.

[19] Si bien son claras en Herrán las fuertes influencias de maestros, condiscípulos y de artistas europeos, sobre todo españoles, es importante señalar, como lo afirma Fausto Ramírez, que la influencia que recibió de Europa no fue con el sólo afán imitativo, sino para construir una auténtica interpretación estética nacional. Ramírez, Modernización y modernismo…”, op. cit.

[20] Revista de Revistas. EL SEMANARIO NACIONAL, año IX, núm., 441, México, 13 de octubre de 1918, p. 4.

[21] Jiménez Codinach, El Alma de México, op. cit., p. 334.

[22] Fausto Ramírez, “El año en que murió Herrán”, en Crónicas de las artes plásticas en los años de López Velarde 1914 – 1921, México, UNAM, 1990, p. 86.

[23] Víctor Muñoz, El instante subjetivo, op. cit., p. 63.